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Aerofobia, la principal fobia masculina: miedo a volar

Aerofobia, la principal fobia masculina: miedo a volar

Se calcula que sólo el 5% de los pasajeros que se suben a un avión no sufren ningún temor. Según la doctora Ananya Mandal, la aerofobia, –o miedo a volar–  es la tercer fobia más común entre los hombres. En los casos más extremos, los aerofóbicos sufren trastornos de ansiedad incluso meses antes, ante la perspectiva de un futuro viaje. En la nota de hoy te compartimos el hilo del pensamiento de una persona con aerofobia cuando está a punto de volar en un avión. 

No puedo ser yo al que le pase un accidente de avión, cuando hay tantas personas que vuelan mucho más que yo y que están bien. Los cantantes que están en el 90s Pop Tour, o Victoria Beckham, o los sobrecargos, o el Presidente. Todos están bien en el avión que salió antes que el mío, y en el avión que aterrizó dos minutos antes –según me explicó el director del aeropuerto en uno de mis tantos intentos por eliminar mi miedo a volar.

Me tranquiliza pensar que en este vuelo que está a punto de despegar viene alguien a quien conozco, y sería mucha casualidad que los dos muriéramos violentamente en el mismo avión. Me tranquiliza también haber visto la cara del piloto al entrar, tomando café y por empezar su día de trabajo con la misma seguridad que yo abro la computadora en la mañana. Me tranquiliza también, más químicamente, saber que hace 45 minutos me tomé la pastilla que me recetó el cardiólogo hace algunos años, cuando descubrí en mi agenda que tendría ocho vuelos en los siguientes diez días, y me causó ansiedad y taquicardia. Me siento en mi lugar, entre más adelante del avión mejor, idealmente del lado izquierdo y en pasillo, a menos que sea un Boeing 787-9 (en el cual prefiero ventana) o un Airbus Embraer E90 (en el cual prefiero estar cerca del ala, más o menos por la fila 12, según la configuración).

Darío Yazbek para BADHOMBRE Noviembre 2019.

Pienso en que llegaré a mi destino con bien, como siempre. En los libros que he leído, algunos de tecnología y estadística –volar es la manera más segura de viajar, y más gente muere anualmente por caerse de la cama que por un accidente aeronáutico–, y otros de psicología –en este momento todo está bien, y si puedo ver un vaso con agua sin que se caiga o leer un post-it que dice “todo está bien”, entonces en realidad, todo está bien. Pienso en que sufro de un miedo común, que una de cada tres personas preferiría no estar ahí, y que varias de las personas que vuelan mucho sufren igual que yo (y compartimos nuestro sufrimiento a través de pláticas y memes).

Y empieza la cuenta regresiva para el despegue con la voz del piloto, y acelera el avión e inicio mi conteo en el celular, la meditación que tengo preparada, y las 30 respiraciones que me toma sentirme más seguro. Si el avión es pequeño, tomará 24 respiraciones para que crucemos diez mil pies. Si es grande 17, pero para estar del lado seguro, en todos los vuelos hago 30. No quiero jugar con mi suerte. Soy muy afortunado de poder hacer lo que me gusta y de conocer el mundo y de trabajar con tantas personas que admiro, y a veces pienso que le tengo que encontrar algún inconveniente a mis bendiciones, casi como un trabajo inconsciente de ser humilde, y por eso desarrollé este miedo: una carga católica de que si no sufres, no sirve el esfuerzo. Como ir al gimnasio. Todo tiene un costo, y el costo de vivir como jetsetter es odiar el trayecto.

Al menos el vuelo no va al sur, porque tendría que dar muchas vueltas para elevarse y no me gusta ver el piso de un lado del pasillo y el cielo del otro. No tiene sentido que un edificio de metal esté volando por el aire, a pesar de los esfuerzos de todos los expertos de explicármelo.

Para este momento ya pasaron 3 o 4 respiraciones, lo que significa que ya pasó el momento crucial de elevación. Continúo respirando, bloqueando todos los pensamientos catastróficos que vienen a mi mente. La respiración 10 lucha contra las películas de Final Destination. La 12 y la 15 contra las noticias de un avión perdido en Malasia –muy lejano a mí– y del de Germanwings que el piloto estrelló en Los Alpes a pesar de traer a una estudiantina completa de menores de edad –he volado esa aerolínea, así que podía ser yo– o del avión que aunque aterrizó con bien, tuvo una falla técnica en Durango durante los primeros cinco minutos de despegar. Espero que ya hayan pasado cinco minutos. No creo, porque generalmente me toma siete minutos respirar 30 veces, y apenas voy en la 20. No puedo concentrarme en hacer la regla de tres en este momento.

Darío Yazbek para BADHOMBRE Noviembre 2019.

Y suena la campanita, y la sobrecargo desesperada cierra la cortina de la cabina Premier y se pone a preparar el servicio, y me siento mucho más tranquilo. Fue un costo relativamente bajo para todos los beneficios que tiene mi trabajo. Sigo respirando hasta llegar a 30, pero pienso que tengo que dejar de hacer esto y también disfrutar de poder estar desconectado por los próximos 45 minutos (es un vuelo corto a Guadalajara, ¿qué creían?) y dormir, leer, meditar o platicar con las personas de junto sin tener que estar contestando emails.

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Pero es que no me quiero morir, y cuando no tengo el control y todo está en manos de un señor que no conozco, me da desconfianza. Sé que es irracional, porque paso riesgos mayores todos los días, pero al menos el piso está cerca. Pero por el momento –y mientras no haya turbulencia– tomaré fotos en el baño y platicaré, hasta la siguiente vez que me tenga que subir a un avión. Será pronto, pero mientras no tenga que escribir de esto, intentaré no pensar más de lo debido y dejar que las respiraciones y la pastilla hagan su efecto.

Espero que no estén leyendo esto mientras vuelan. Pero aún si ese es el caso, y pueden leer esto, todo está bien.

Este ensayo fue publicado en nuestro BOOK 03 si te gustaría tener el libro impreso, ya tenemos tienda en línea en donde puedes encontrar todos nuestros libros y la preventa de nuestro BOOK 04 que saldrá a la venta comercial en Diciembre de 2020.

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